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domingo, 23 de junio de 2024

Quo vadis. (Audio)

 

Quo vadis. (En Hoy por Hoy León, 14 de junio de 2024)

    Isabel, la sexta de una larga saga de Isabeles, estaba jugando en el jardín de la urbanización cuando todavía era casi un bebé y cada vez que alguien se iba en dirección a la puerta de salida le preguntaba con su media lengua de poco más de un año: “¿ae vah?”. ¿Dónde vas? Ahora ya ha crecido, ya es casi una adolescente, pero sigue teniendo esa curiosidad que dijo Aristóteles en el origen de la filosofía: asombro, curiosidad y memoria.

          El asombro se mece en la mirada de las mentes despiertas. Hay mentes despiertas y cerebros adocenados. Me duele decirlo, porque creo en la igualdad de partida de todo el género humano, aunque tiene que corregirme todos los días la realidad, porque esa igualdad es, como poco, una igualdad en la diferencia. Lo que me parece obstinado y absurdo es mantener todavía la idea peregrina de que las personas pueden tener derechos solo por haber nacido por encima de determinado paralelo y que esos derechos, hasta en lo más esencialmente humano, se le puedan negar a otras personas solo por haber nacido más al sur en esa convención nuestra del norte y el sur, que no deja de ser una manera supremacista de ver el globo terráqueo. El mundo puede estar boca abajo y nadie se cae, tú ya me entiendes. El asombro, decía. La capacidad para ver con la mirada de una niña de poco más de un año y preguntar. Siempre preguntar. Tras el asombro, la curiosidad. Quo vadis domine.

          La curiosidad es genuinamente humana o tal vez no. No sé decirlo. El miércoles en Tula Varona había tres niños en una firma de libros. Estoy seguro de que no se enteraban de nada de lo que se decía, pero los tres, dos niñas y un niño, se dejaban arañar por las palabras y los gestos y encendían la curiosidad sobre lo que estaba pasando. Música, palabras, risas: un juego de lámparas reflejando los lomos de los libros, las palabras escritas en tiza en los perfiles de los estantes, la semilla de la curiosidad. Hay momentos mágicos en los que se detiene el tiempo y el movimiento y no hay espacio para preguntar: ¿a dónde vas? Lo he visto otras veces. Niños inquietos detenidos en el silencio de la música y las palabras. Asombro, curiosidad y también memoria. ¿Ae vah?

          Esa pregunta muerde. ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia dónde nos conduce todo este bienestar en el pensamiento que no permite el asombro ni la curiosidad? Más inteligencia artificial que nos ahorre procesos que no son ya solo procesos de memoria. ¿Cuántos números de teléfono te sabes desde que usas el móvil? ¿Por qué te acuerdas todavía de números de teléfono fijo que ya no usas? ¿En qué ocupas todo lo que has dejado vacío en tu memoria? Acuérdate de todas esas historias que nos explican, porque lo que ha pasado hoy no es porque sí y lo que pasará mañana, tampoco. No pierdas la perspectiva. La pregunta se responde también en la memoria, en el asombro, en la curiosidad. Isabel VI, quo vadis.

viernes, 7 de junio de 2024

Nulla victoria. (Audio)

 

Nulla victoria. (En Hoy por Hoy León, 7 de junio de 2024)

    En una serie de televisión que me ha recomendado mi hija dice el protagonista que el lema de su familia es “Non sine pericolo”. Yo no sé mucho latín, pero apuesto a que ese lema no es muy ortodoxo. En cualquier caso, habla de algo que me interesa: la idea de que, en general, los éxitos que alcanzamos no son posibles sin riesgo. Nulla victoria sine sacrificio est. En estos días en los que tenemos el ajedrez por toda la ciudad, advierte esta máxima en la que se nos recuerda que en toda victoria debemos asumir el riesgo de la pérdida. Enfrentarse a cualquier obstáculo comporta un riesgo que debemos asumir y en ocasiones hace falta un sacrificio de dama para alcanzar una posición ventajosa.

    Diría que lo que cuenta es ajustar el sacrificio. En el ajedrez es fácil. No importa la calidad de la pieza que sacrificamos si eso nos permite una ventaja frente a nuestro adversario. En la vida ese principio es, desde mi punto de vista, inadmisible, porque la vida no pretende un jaque mate al contrincante. Por eso no vale todo en las guerras, por eso no es asumible cualquier sacrificio, por eso, en muchas ocasiones, perder es ganar, porque lo que habría que hacer para poder ganar es moralmente inasumible y es preferible perder.

    Pero déjame que te hable de algo que estoy viviendo estos días muy de cerca. Verás, uno se da cuenta de que cada decisión que toma comporta un riesgo, pero de lo que no se da cuenta uno es de las pocas decisiones que realmente toma. La mayoría de las decisiones que crees haber tomado te han venido dadas: siempre has hecho lo que te parecía natural. Lo natural era estudiar eso que estudiaste o directamente empezar a trabajar lo antes posible, porque era lo lógico en tu caso, como fue lo lógico después, tal vez, tener una pareja, educar unos hijos, atender todo lo que la lógica de tu responsabilidad te ha obligado a atender. Y se te ha metido en la cabeza con tanta fuerza que eres tú quien ha tomado esas decisiones, que hasta te hablas diciéndote que no has hecho otra cosa que cometer errores.

    Para cometer errores necesitas tener la oportunidad de decidir y esa oportunidad que tú ves tan clara, yo no la veo. Fíjate que yo también he hablado mucho de mis errores y creo que ese sí que es un error fundamental. Me lo está haciendo ver ahora esta idea de que no hay victoria sin sacrificio y que el riesgo está en lo que hacemos, solo que no termino de encontrar la responsabilidad. Es lo que pongo de mí, lo que me quito, lo que sacrifico para que lo que me preocupa mejore, lo que me da la victoria.

    Pero mira una cosa, las palomas mensajeras nunca llevan mensajes: solamente los traen. No saben ir, solo volver. Para que una paloma traiga un mensaje hay que llevarla primero al lugar desde el que nos vendrá. Alguien la tiene que sacar para que vuelva al palomar y traiga las noticias que se esperan. Es una jugada de ajedrez. Una jugada maestra: ir, para poder volver. No sin sacrificio

viernes, 31 de mayo de 2024

Motu proprio. (Audio)

 

Motu proprio. (En Hoy por Hoy León, 31 de mayo de 2024)

    Tengo que plantearme que el día de hoy es una oportunidad, no puedo verlo de otro modo. Ya te vas haciendo a la idea de que me tocan cosas que no me gustan y que me digo que es algo que asumiré, de manera que puedo plantearme que ese quehacer no deseado se transforme en una oportunidad, pero, una oportunidad, ¿para qué? ¿Qué se entiende por tener una oportunidad? Es más, cabe preguntarse si no será una oportunidad cada segundo de tu vida.

    Por ejemplo, puedes aprender que Venus es el único planeta del sistema solar en el que el sol sale por el oeste, porque gira al revés que todos los demás, una oportunidad de aprender que no esperabas cuando te sentaste esa tarde a ver la televisión porque tu cuerpo no te dejaba hacer otra cosa que quizá te apeteciese más. O no. Pero ahí estuvo la oportunidad de aprender y lo hiciste sin la intervención de tu voluntad, solo porque se dio la situación. La cuestión de la voluntad es casi un misterio para mí. Voluntad y oportunidad. Tener voluntad de hacer, tener oportunidad para hacer eso que está en nuestra voluntad, pero ¿de dónde viene esa voluntad? ¿Responde a una necesidad interna? ¿Cómo se conforma esa necesidad? ¿Realmente lo que decimos que queremos es lo que queremos? Quiero decir que intervienen tantos factores en nuestra voluntad que no me atrevo a decir que cuando escribo esto que escribo lo haga por propia voluntad en el sentido de una voluntad absoluta que surge de mi interior, de mi intimidad. Por el contrario, veo que la mediatización de nuestras decisiones es tan constante que nuestra vida es una construcción desde la alteridad: es todo lo otro lo que nos arma, como si fuésemos pequeños mecanos fruto de la interacción social, el ambiente, la circunstancia digital en la que nos desarrollamos, la historia, el márquetin, los partidos de fútbol con gritos insoportables en voz de pito, las pipas que algunos escupen, las hadas y los elfos, el río y sus ranas, los grillos, la maternidad, la soledad, el elixir y la marca de desodorante. La espuma del mar. El olor poderoso de tu piel. Nada que hacer si no es por todo lo otro. Pero con todo eso, no te dejo que justifiques lo que no se puede justificar.

    Hablo de la noticia de este lunes, de la reducción de la condena por violencia sexual a un joven leonés con el argumento de que la niña de doce años que había sufrido estas agresiones vivía en un contexto social en el que este tipo de relaciones entre personas menores de edad es considerado normal. La idea de que está en la voluntad de una niña de doce años tener tres hijos con un chaval un poco mayor que ella me hace pensar en eso que te digo: que uno nunca está totalmente seguro de que eso que hace por propia voluntad responda absolutamente a una voluntad propia. Si además me veo en la tesitura de pensar que esta circunstancia pueda ser una oportunidad, te darás cuenta de mi perplejidad ante la presión que siento sobre lo que toca hacer en este día tan señalado para mí. No lo tengo nada claro. Ya lo ves. Lo que sí puedo decir es que, si hay que asumir circunstancias objetivamente horribles como oportunidades, por lo menos no pidas que lo haga motu proprio. Permíteme un gramo de rebeldía.