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viernes, 9 de octubre de 2020
Dermis. (En Hoy por Hoy León, 9 de octubre de 2020)
Cuando se empezó a hablar del confinamiento perimetral de León, pensé de inmediato en San Andrés. Pero también en Navatejera, en Azadinos, en Vilecha, en todos esos pueblos que no son León, pero que son León. Quizá con algunos sea más fácil decidir dónde poner un control para establecer los límites, pero en el caso de San Andrés hubiera sido muy difícil. En cualquier caso, no es de esto de lo que te quiero hablar, o al menos no exactamente. Lo interesante de este problema es el concepto.
Dos
conceptos en realidad: perímetro y limitación. Perímetro, por la dificultad de
su definición y limitación, por la imposibilidad de su existencia.
Vamos
con el perímetro. A simple vista es fácil. Los que somos de pecho bajo, como
Obélix, enseguida comprendemos la magnitud del perímetro, aunque estamos
acostumbrados a su variación en centímetros. Nos da una idea exacta del mundo
saber que el perímetro define los objetos, que las cosas se encierran dentro de
su perímetro y eso es lo que las conforma. Quizá esa sea la palabra exacta: lo
que da forma, lo que atrapa el ser de las cosas y las presenta como son. Perímetro,
lo que mide alrededor. Y es curioso que medida pueda ser un sinónimo de palabra,
en cuanto que una medida es una ratio, una razón, que es logos, lo que se hace
presente. Decir es crear, ya lo sabes. Por eso se están inventando todas estas
cosas de la nueva normalidad, del confinamiento perimetral y de todo lo que
venga detrás que pueda interesar para el control de lo incontrolable. El
perímetro lo encierra todo, lo muestra, lo determina, lo dice. Yo soy mi
perímetro. Ya sabes que, como decía Pazos, el concepto es el concepto.
viernes, 2 de octubre de 2020
Úvula. (En Hoy por Hoy León, 2 de octubre de 2020)
Tengo dos cosas en la cabeza esta semana: una tiene que ver con la pandemia y la otra con nuestra endemia; lo endémico y lo pandémico, lo que nos afecta solo a nosotros y lo que afecta a todos, dos males que nos destrozan. Te prometo que he estado buscándome algo alegre por todos los rincones del cuerpo y no he sido capaz de encontrarme una noticia que te pueda sacar una sonrisa. Y no es que me entristezca la suspensión de las fiestas, que me entristece, o que me pille a contrapelo el otoño, que lo hace, sino que veo dentro y veo fuera y todo me produce una congoja exagerada. Una tristeza indetectable, como esas partes del cuerpo que no sabes que las tienes hasta que te molestan. A mí me pasa con la campanilla. No sé si a ti te ocurre lo mismo, que está ahí puesta y solo la noto cuando he roncado mucho, cuando se me inflama por lo que sea. Quizá por el mucho gritar o por el frío de estas corrientes anticovid que nos van a dejar a todos como témpanos.
Pero te cuento de pandemia y endemia. De la pandemia son los números los que me tienen en vilo. Yo sé que los datos están ahí, que, ahora, esta cosa del big data ya nos deja sin excusas a los desinformados. Nos quedamos con los datos que nos cuentan y resulta que esos datos casi nunca son exactos, porque los números bailan en el papel la danza que uno quiere y se estiran o se encogen en función de la persona que los cuenta. En la cuestión de la pandemia nos han dado muchos números gruesos a los que hemos hecho solo el caso justo. La verdad es que, hasta ahí, no me veas muy preocupado, porque me duelen las personas —Justa, Pepe, Josemari, por decir tres nombres que se han ido en el COVID— y las cifras se me escapan. Lo que me irrita la úvula es que me doy cuenta de que esos números son la base de las decisiones y que, por tanto, no sé si aquí o allí o en mi pueblo o en el tuyo, se adoptan medidas arbitrarias basadas en números que no siempre son reales. Toda acción es una acción política, porque no se puede actuar sin comprometerse con los otros o sin comprometerlos. No podemos escapar a lo político. Sí debemos huir del partidismo. Cuando la política se sustituye por el partidismo, el daño es inevitable y así tenemos la campanilla. Utilizar la pandemia en el juego partidista es deleznable y no podemos no gritar que es injusto.
Y luego está lo endémico, lo de aquí, ese mal que sí hay que cien años dura, ese que nos sienta a una mesa por León que no concreta y que le pide a la ciudadanía que participe con ideas para que puedan ser tenidas en cuenta a la hora de plantear iniciativas. Yo no lo veo. Cuando no quieras que algo vaya para adelante, constituye una comisión para que lo estudie o abre un buzón de sugerencias. Me parece que ya tenemos las dos cosas y que eso dice que el enfermo no mejora, que tiene más que inflamada la úvula y que ya hace tiempo que sonó la campanilla de fin de asalto.
viernes, 25 de septiembre de 2020
Párpado. (En Hoy por Hoy León, 25 de septiembre de 2020)
La noticia es la del atropello de una osezna en la carretera de Villablino a Huergas de Babia. El atropello, dice la noticia, se produjo en la noche del martes, destacando la ausencia de daños personales. Repito la palabra atropello en cada una de las frases que he pronunciado hasta ahora, como un mantra. Se me ocurre que decir “atropello” es estar a salvo.
Me imagino la escena.Veo la llegada de las patrullas, la constatación de la muerte de la osezna, la oscuridad de las sirenas contra el cielo. Imagino a todas esas personas expertas levantando acta de la situación, haciendo eso que cuenta la noticia, procurando el traslado del ejemplar de oso pardo, y cito literalmente, “a la red de centros de recuperación de animales silvestres del Gobierno autonómico”. Me transporto al momento, quizá solo inventado por mi imaginación, en el que alguien cierra los ojos del animal, le borra el asombro de la mirada bajándole el párpado en ese gesto de misericordia ante la muerte. Bajar el párpado, como cerrar la cortina tras la función. Atropello, defunción. Palabras disparo que evocan tragedias. No es apropiado hablar así cuando se trata de una osezna, porque, aunque se rompan tiras que sujetan la vida, la muerte de un animal no hace un difunto.
El párpado no es perfectamente opaco. Si seguimos con esta cosa nuestra de los experimentos, observa que, aunque cierres los ojos, todavía te llega luz. Acerca una mano y comprueba que hay mayor oscuridad. Entiende que cerrar los ojos no es borrar del todo los problemas, porque sigue atravesando la luz la naturaleza traslúcida del párpado. Quizá es por eso por lo que hacen falta piedras en los ojos para sellar el final de la vida, como en algunas culturas, como has visto hacer en la tele. Piedras encima de los ojos cerrados para no dejar que entre la luz, para sellar el párpado.
Me decía ayer una alumna, cuando le pregunté qué tal había llevado el confinamiento de antes del verano, que lo había llevado muy bien porque ella es más bien de interior. Lo dijo con una naturalidad absoluta, subrayando su convicción de que no hay nada como el interior. El interior, lo interior, lo que encierra la piedra sobre el párpado, la única realidad auténtica, la que sucede en ti. “¿Cómo distinguir la realidad de la irrealidad?”, preguntó el androide. “La realidad es irremplazable”, dejó escrito el guionista. La realidad es irremplazable, cierto, tanto es así que está del párpado hacia el interior y todo lo que sucede allí, querida Alba, gracias por tu sugerencia, es perfectamente desmontable, reconstruible, pero inabordable desde el exterior. Absolutamente irremplazable, como la osezna atropellada, como nuestra vivencia de la osezna atropellada, como nuestra vivencia interior de la noticia de que hay una osezna que ha sido atropellada. Intocable bajo el párpado.
viernes, 18 de septiembre de 2020
Lacrimales. (En Hoy por Hoy León, 18 de septiembre de 2020)
Hay un amigo mío, no voy a decirte el nombre, que es que le hablas del Camino de Santiago y se pone a llorar. Dice que es que no puede evitarlo, que no sabe muy bien por qué, que no sabe si es de ahora o es de siempre, pero que es muy sensible y, como tuvo una experiencia tan intensa haciendo el Camino, le cuesta mucho hablar de ello sin contener las lágrimas. Él nunca se imaginó que fuera a tener una experiencia tan conmovedora, que le pudieran ocurrir las cosas que le pasaron, y se emociona tanto al recordarlo que llora como lo que es, como lo que somos, como un niño pequeño.
Ya que estamos de experimentos esta temporada, te invito también hoy a que, sin pensar mucho, cierres los ojos y te veas llorando. No me interesa saber la última vez que lo has hecho, eso solo es una cuestión de ordenación en el tiempo. Lo que quiero que veas es otra cosa. Cierra los ojos cuando yo te diga y deja que brote en tu imaginación la foto de tu llanto, ese llanto desconsolado e informe, esa brutal erupción de lava ardiente en el volcán de tus lacrimales. No la última. No la más intensa. No la más dolorosa. No busques en un ranquin. Deja solo que ocurra y trata de ver qué te pasa, con qué conectas esa emoción, qué dibujo sacan de ti tus lágrimas.
Voy a entretenerte un poco para que no sea tu razón la que te dirija, porque si te paras a pensar, vas a encontrar tantas cosas por las que ha valido la pena llorar, que vas a enloquecer tratando de decidirte. Lloraría con gusto por los secretos atravesados en las noches de insomnio, los tuyos y los míos, claro. Los de todos. Lloraría a raudales por las comisuras del espanto, el cielo de las pesadillas, la amargura de los desencuentros enclavados en calvarios insoportables. Lloraría por la simpleza, de tristeza y de alegría podría llorar por eso, según el trazo grueso de la mañana lo haría. Por la desolación espantosa del miedo. Por el miedo. Lloraría por todo ese miedo, sí. El miedo a no controlar los contagios me apena tanto o más que los contagios. El miedo a vivir la vida me provoca espasmos. La desangelada astucia del villano, la cruel desgana del poderoso, la insensata demencia de los acomodados me produce deshielo en el congelado torrente de mis lágrimas. Tengo momentos para todo eso y para muchas otras oportunidades de llorar que se me olvidan, como los tienes tú, como los tenemos todos. Por eso te pido que no pienses y te veas ahora, al cerrar los ojos, en un día en el que llorabas.
¿Ves que llorabas? Te diría que lo hacías por ti, pero no voy a hacerte eso, porque no es verdad. Lo hacías por el gusto de enjuagar tus emociones, por el goce de empapar ese segundo, por la alegría de excretar la pena. Los lacrimales son un órgano excretor, porque sirven para sacar fuera unas gotas de ponzoña. ¿Que dice Valladolid que no hacemos bien lo del control de la pandemia? Excretaremos.