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viernes, 8 de mayo de 2015

Aire de León. (Audio)

Aire de León. (En Hoy por Hoy León, 7 de mayo de 2015)

No sé si las seguirán vendiendo. Hace algunos años se podían comprar en alguna tienda de recuerdos para turistas unas latas que contenían supuestamente aire de León. Tengo que confesar que me compré una. No creas que no me da un poco de vergüenza reconocer que me dejé atrapar por la superchería, sobre todo porque me dio por pensar que quizá lo que había dentro de la lata fuese aire de un sitio cualquiera, quizá León, pero quizá cualquier otro lugar en el que se hubiese cerrado. Venía decorada con una estampa del gallo de San Isidoro. Me resultó simpática esa idea de atrapar el aire, de poder llevarlo encerrado hasta Albacete, a Milwaukee o a una aldea de la Prefectura de Kyoto y soltarlo allí. Claro que, enseguida se da uno cuenta de que está haciendo el primo, que en realidad está tirando unas monedas en algo que no tiene ningún valor. Ni siquiera como recuerdo, creo. No sé cómo lo ves tú. Casi te diría que esto mismo es lo que se nos lanza desde hoy, con toda la fuerza del poder de la política, contra nuestra inteligencia. Se nos lanza aire enlatado de León, aire de Villaquilambre, de Astorga, de Cistierna, aire de monte y de páramo, aire contra la inteligencia. Tal vez no aire del todo puro. Puede que humo. Sí, puede que se nos venda humo enlatado en forma de promesa electoral y nosotros lo compremos y lo llevemos de recuerdo y lo pongamos un domingo en una urna de cristal para quitarle el polvo de cuando en cuando. Es como en el cuento de Faulkner en el que el asesino se pone en evidencia por una voluta de humo atrapada en una cajita. En realidad no hay nada.

He estado hablando con muchos candidatos de los que no salen en los carteles. Personas cuyos nombres aparecen en la cola de las listas. Gente que no busca notoriedad, que solo quiere echar una mano para apoyar unas ideas que cree que le representan. Es la gente que debería ganar las elecciones. Me fijaba hace un rato en la primera rosa, una rosa de un rosa perfecto, escondida entre las espinas, arrancando un trazo de color sobre el fondo verde de las hojas de ese viejo rosal que siempre me enseña las primeras rosas de la temporada. Un rosal obstinado. Dedicado a florecer cada primavera, sin fallar ni un solo año a su promesa de flores. Me gusta pensar en esas personas que siempre ofrecen su lado más colorido a cada día, las personas que afrontan cada dificultad con la sonrisa encendida en la mirada. Y es curioso que esas personas, que con tanta ilusión hacen las cosas, no estén en los primeros puestos de las listas y dejen ese escaparate a los profesionales. Es curioso, porque luego estos profesionales nos traerán el aire enlatado del que hablaba. Eso en el mejor de los casos, cuando no se trate simple y llanamente de humo, puro humo que se escape entre los dedos del electorado.


Creo en el poder de los héroes del anuncio de los coches, esos héroes anónimos que hacen que todas las cosas funcionen, creo en la magia de los que consiguen que un niño crezca sano y aprenda a entender el mundo. Me convencen esos hechiceros que ponen en marcha la marea de utensilios que nos facilitan cada segundo de la vida. Admiro a quien sabe detener el instante doloroso en el que alguien se aparta a un lado porque su tiempo se ha acabado. Voto por ellos, por todos esos que, estén o no en las listas, saben que el aire enlatado no es aire y que entre las espinas de un rosal siempre hay un hueco preparado para la belleza. No sé si sabes que ya estamos en campaña.

viernes, 24 de abril de 2015

Ruinas. (Audio)

Ruinas, (En Hoy por Hoy León, 24 de abril de 2015)

Ayer, en San Esteban de Nogales, como cada 23 de abril, se ahorraron la cuestión de si esta fiesta de los Comuneros es una fiesta de León o solo de una cierta Castilla y celebraron el día de San Jorge. Como todos los años, el fin de semana anterior los vecinos del pueblo habían construido el puente de palos que cruza el Eria para poder llegar a la ermita. Es una tradición muy hermosa esta de reunirse todos para hacer un puente que permita llegar hasta el otro lado, un puente que luego se llevará el río, es verdad, pero que será el paso hacia la otra orilla, esa que está más allá de los quehaceres diarios, de las rutinas del invierno. El puente ya no se hace como se hacía antes, con la participación de todos en una hacendera que podía llevar más de un día. Ahora se utiliza una máquina que lo hace en un momento, es cierto, aunque creo que el sábado fue necesario echar una mano para mover los palos y colocar las ramas y la hierba. El puente lucía magnífico sobre el Eria que bajaba en calma, arropado por un girón de niebla que dejaba en el aire un poso de misterio. La luz de la tarde, después de la tormenta de agua enseñaba reflejos de historia en el espejo del río y nosotros, a pesar de no ser de San Esteban, sentimos la necesidad de pasar por aquel puente, la necesidad de cruzar las aguas. Se diría que no hay marcha atrás cuando uno se lanza a cruzar un puente, como si se fuese deshaciendo sobre nuestros pies a medida que avanzamos, dejando un vacío, una imposible marcha atrás. El río es metáfora del ser que fluye, el puente lo es de la historia que avanza, la memoria que atraviesa el curso de la vida.


Esa memoria de la historia está escrita en estas pequeñas costumbres: la construcción de un puente para llegar a una ermita; la danza del paloteo -que por cierto tendrá que ser bailada por chicas, porque parece ser que ya no hay chicos que quieran hacerlo-; las vueltas alrededor de la ermita; la procesión con la Virgen del Rosario, el pendón y la reliquia del santo. Y las verbenas y la representación mañana sábado de la historia de San Jorge y el dragón. La raíz está en la memoria y la memoria es el pueblo, la gente, la cultura en la que nos hemos ido haciendo. Me gusta esa idea de que frente a la grandilocuencia de Villalar, esta pequeña victoria de San Jorge en San Esteban es el triunfo de la cultura popular sobre la imposición administrativa. Además Jorge viene del griego y significa etimológicamente “el que trabaja la tierra”, de manera que esa fiesta que se celebra es la del agricultor, el que fecunda la tierra, el que la cultiva. Y, fíjate qué curioso que del latín viene también la palabra cultura, ligada directamente al significado de cultivar, porque decimos “culto” de un terreno cultivado e “inculto” de uno que no lo está. También me gusta tirar de ese hilo y quedarme con la idea de que cultivar es cuidar, que la agricultura es el cuidado de la tierra, no su explotación. Lo sabían bien los monjes del Císter, quizá aquellos que en su día levantaron en San Esteban su magnífico monasterio. Cuidar de la tierra, fecundarla, hacerla crecer. Hoy la naturaleza invade lo que queda del Monasterio, dejando ver de él escasas ruinas. Pero eso no importa. La interesante no son unas piedras perfectamente colocadas. Lo que cuenta no son las grandes obras, sino la peculiar sensación que experimentamos al descubrir la importancia de un lugar. Algo que pasa en estas ruinas del Monasterio de San Esteban, quizá no por lo que uno imagina que debió de ser construido, sino por el hecho de que aquellos sabios del Císter eligieran ese lugar y no otro para construirlo.

viernes, 17 de abril de 2015

When the night has come. (Audio)

When the night has come. (En Hoy por Hoy León, 17 de abril de 2015)

Me interesan mucho las cosas que pasan cuando ha llegado la noche. Sé que somos hijos de los días, como dijo Eduardo Galeano siguiendo una leyenda maya y como hijos de los días nacemos y morimos. Este lunes, el propio Galeano se ha encerrado en la noche del tiempo, el mismo día en que lo ha hecho Günter Grass, el autor de El Tambor de Hojalata. Recuerdo la imagen brutal del nacimiento de Oskar, el protagonista de la novela, en la película de Schlöndorf y la secuencia en la que su madre, Agnes, absolutamente invadida por la noche, come arenques sin parar. Cuando haya llegado la noche y la tierra esté a oscuras y la luna sea la única luz que veamos, no tendré miedo mientras estés conmigo. Ya lo sabes, es la letra de una vieja canción que habla de eso, de la noche y la catástrofe, y de la fe absoluta en que nada me afecta mientras tú te quedes conmigo.  Había un neoyorquino italoamericano arrancando las notas de esa canción a una guitarra con la dulzura de todos los besos. No me lo estoy inventando. Pasó aquí en León, en una de esas noches mágicas del Restaurante El Capricho, una de esas noches en las que el poder del Rey Arturo desenvaina una Excalibur de aguardiente y rodaballo. El neoyorquino silabeaba “so darling, darling stand by me” con el corazón abierto de par en par, con el mismo corte transversal con el que el fuego recibe las mollejas para hacerlas a la plancha. Stand by me, decía, con la sonrisa más tierna que se pueda dibujar en un rostro tan cansado. Cuando llega la noche, llegan las verdades. Cuando cierras los ojos es el único momento en el que ves las cosas con claridad. Por eso nos da tanto miedo y no por los monstruos que se esconden en el armario.

Cuando llega la noche ocurren cosas espantosas. Los cajeros se llenan de cuerpos acostados, cuando la tierra está a oscuras. Ayer, en el cruce de Independencia con Legio VII a las once de la noche, dos vehículos de Cruz Roja advertían con sus señales que algo estaba ocurriendo. Los voluntarios se acercaban a los lugares en que los cuerpos de los excluidos se envolvían en la noche, con bolsas blancas en las manos. La comida llegaba como luz cegadora y había algunos que, con su dignidad recuperada, sentían la necesidad de charlar de tú a tú con el personal de la Cruz Roja al pie de una furgoneta. La estampa me resultó reveladora, porque en el centro financiero de la capital, en torno al círculo en el que se encierran las sedes de los bancos entre Santo Domingo, Ordoño e Independencia, lo que en el día es actividad, intercambio, negocio, cuando llega la noche se convierte en necesidad, carencia, oscura estampa interrumpida por el breve brillo de la Cruz Roja a la luz de los neones. Y, cuando llega la noche, hace falta saber cerrar los ojos para ver con claridad qué o quién o incluso quienes son esos que están quedándose incondicionalmente junto a uno. Please, stand by me.


Y si el cielo se derrumba sobre nosotros en forma de accidente, en forma de atropello o de infarto. Si las montañas se desmoronan en el mar, no quiero soltar ni una lágrima, mientras estés conmigo. También he sabido sentir eso al pasar con mi hija una vez más por la carretera de Carbajal y ver la oscuridad de la noche, la oscuridad total en ese paso de peatones, mientras mi hija siente que estoy a su lado y el mundo comprende que el sentimiento de pérdida es irreparable, cuando la noche llega tan inesperada, de un golpe, en esa fatídica mañana de abril.